viernes, 17 de julio de 2020

Capítulo I

Era un cálido día del equivalente al verano de Akart, el pequeño pero importante planeta en que habitaba la familia Césarus. Como tantas otras veces, los dos jóvenes mellizos de la familia caminaban tranquilamente por los pasillos del suburbio en que habitaban. Un bonito y privilegiado barrio separado del resto de la ecumenópolis -la ciudad planeta- en que vivían por un enorme muro, custodiado por el robótico servicio de seguridad de la Corporación Teraby, de la que su padre era ejecutivo. Se dirigían a casa de regreso de la escuela, en lo que conversaban sobre la última travesura del -por unos minutos- mayor de ambos.

-¿Ya pensaste qué vas a decirle a nuestros padres?-preguntó Enya, en el típico tono pedante y altivo en que a menudo se dirigía a él. A sus catorce años, era la mejor alumna en la institución. Aunque originalmente había sido una niña bondadosa y algo tímida, con el paso del tiempo se le habían subido los humos, hasta convertirse en una arpía con gusto por humillar a quienes no contaran con sus mismas dotes. Especialmente a su hermano.

Agni era un muchacho alto, fuerte y -según se narraba- atractivo, aunque lamentablemente en materia de carácter dejaba mucho que desear. Era irresponsable, y sus calificaciones y desempeño académico en general eran un desastre.

-¿Por qué no te callas?-preguntó, conteniéndose como podía las ganas de golpear a su hermana.

-Agni, a este paso vas a repetir el año otra vez. No te cuesta nada sentarte a estudiar de vez en cuando.-lo sermoneó por enésima vez, apenas disimulando su desprecio. Él consiguió su objetivo de no agredirla gracias sólo a que se encontraban a pocas casas de su hogar.
No hizo falta llamar a la puerta. La inteligencia artificial que gobernaba el suburbio los reconoció y abrió la entrada, dirigiéndose la una a su habitación y el otro a la cocina, donde sabía que sus padres debían estar ya esperándolo con los reproches diarios.
Enya escuchó desde su habitación la discusión, sin la menor empatía. "Eso le pasa por no ser como yo", pensaba para sus adentros. Tomó su teléfono personal y le ordenó llamar a su mejor amiga Svydanna, una joven algunos años mayor que ella, con un carácter alegre y simpático, de quien Agni estaba secretamente enamorado desde hacía mucho. Obviamente, no había perdido oportunidad de extorsionarlo con la amenaza de que ella se enterase.

-Hola, Enya.-la saludó la voz de la joven de diecisiete años al otro lado de la línea-¿Cómo estás?

-Bien. Contemplando otra discusión entre mis padres y mi hermano. Ese pobre tonto no para de meterse en problemas.

-Ya, no le digas así. Es sólo un chico al que le cuesta adaptarse. Creo que deberías ayudarlo.

-Lo intenté, y es imposible que reaccione.

-No me refiero sólo a criticarlo, Enya. Deberías intentar motivarlo. Es tu hermano.

-Sí...puede ser.

-En fin. ¿Viste lo de Enperia?

-¿Enperia? ¿Qué sucedió?

-Otra revuelta, al parecer.  Los rebeldes rehúsan reconocer al nuevo emperador. Dicen que pueden invadir los sistemas cercanos.

Una ligera preocupación invadió el corazón de Enya, quien empezó a plantearse la posibilidad de que este conflicto impactara en su día a día. Por razón de su estudio, conocía en detalle los resultados de la última vez que algo así había sucedido en el vasto territorio del Imperio, y la perspectiva la aterraba.
En sus más de dos mil años de historia desde que Zher Jen había descubierto el motor hiperlumínico, este se había visto envuelto en multitud de guerras y conflictos, uno peor que otro. Era todavía una niña pequeña cuando el último conflicto había terminado. Más de mil millones de muertos.
El Imperio era en sí el producto de cientos de años de expansión humana entre los pueblos que habían ido descubriendo, que fueron brutalmente sometidos y con frecuencia, exterminados. No era de extrañar entonces que estos, reducidos a la marginalidad, se levantaran periódicamente, acabando siempre aplastados.
Agni abrió la puerta y, furioso, se recostó en su cama en lo que sacaba su teléfono seguramente para conversar con algún amigo sobre la reprimenda recibida.

-¿Cómo te fue?-preguntó Enya sin más afán que el de fastidiarle la existencia.

-¿¡Por qué no te callas!? Ya me tienes harto.

-¿Cómo tú a nuestros padres?

-Enya, eres insoportable. En la escuela nadie te aguanta, siempre viendo a los demás por encima. Espero que un día alguien te de una lección de humildad.

-Y yo espero que algún día aprendas a tener cierta responsabilidad en esta vida.

Cesaba así su charla, sin que volvieran a hablar en lo que restaba de día. Las horas pasaron, y la estrellada noche de Akart pasó a dominar el cielo. Fue tras algunas horas de relajación y un breve -más para Agni que para Enya- período de estudio que sus padres finalmente los hicieron llamar para anunciarles que habrían de salir esa noche. Como ya eran lo bastante mayores para cuidarse solos, optaron por no dejarlos a cargo de nadie más que sí mismos, con algo de comida en el refrigerador.
Antes de retirarse, y como solían hacerlo cada vez que les tocaba ausentarse, se dirigieron hacia el patio trasero, donde tres enormes estatuas -herencia de sus abuelos- se encontraban dispuestas de izquierda a derecha. Representaban a la Trimurti, las tres manifestaciones de HaShefirot que, según su fe, habían creado el mundo. Fusterna, Iorica y Apex, eran sus nombres, representando respectivamente la creación, la preservación y el fin de todas las cosas. Era costumbre entre los humanos y otras razas invocar su protección ante todos sus negocios y proyectos, evitando así las influencias de HaShamael, la Antítesis de la Creación. Para ellos, sagrado y efectivo ritual. Pero para los dos hijos de la familia, no pasaban de ser leyendas.
No es que no creyeran en los dioses. Estos definitivamente existían, como lo había encontrado la humanidad en sus conflictos contra ellos a medida que su expansión se realizaba.
Y es que en efecto: uno de los más interesantes descubrimientos humanos fue la existencia, en otros mundos habitados, de fuerzas de origen desconocido e increíble poder. Legendarias eran las batallas de Artaria de Zamoa contra el dios AlArta en el planeta Azrael, apenas este fue descubierto. Regía allí sobre los así llamados alartianos, un pueblo remotamente similar a los humanos, pero habitantes de las profundidades. Nada extraño en un planeta completamente acuático.
O las batallas entre How ben Agram y el misterioso creador de los cersianos, una especie de reptiles que fue exterminada hasta el último de ellos.
Al final, pese a semejantes rivales, el hombre se impuso por su ingenio y habilidad tecnológica.
Fue de sus siervos conquistados que se contagió la fe ismaeliana, que profesaban sus padres, y la cual sin embargo nunca les había convencido del todo. A esas deidades, después de todo, nadie las ha visto.
Terminadas las oraciones, finalmente se retiraron de casa. Los dos chicos cenaron una en su habitación y el otro en la sala, para recostarse a dormir ya de madrugada.
Se encontraba Enya en el más profundo de los sueños cuando fue despertada por su teléfono, avisándole de que tenía una llamada.
Apenas abrió los ojos, y luchando por no volver a dormir, comenzó a notar extraños ruidos a la distancia.

-¿Ho...hola?-preguntó, somnolienta.

-Enya, toma a tu hermano y salgan de la casa. Tienen que ir al bunker central de la colonia. Nos encontramos ahí.

-¿Qué? ¿Qué pasa?-su padre se oía agitado y con un fuerte tono de urgencia. ¿Sería esto una broma? Lo dudaba. Sus progenitores no eran de hacer cosas así.

-No hay tiempo de explicaciones. Sólo hazme caso.

Enya saltó de la casa, despertando a su hermano igual de rápido. Para su buena fortuna, se habían quedado dormidos aún vestidos, con lo que no debieron hacer más que prepararse para salir de la casa.
Bajaron rápidamente las escaleras, obedeciendo las instrucciones paternas. Y cuando abrieron la puerta, se sintieron totalmente asombrados.
En el cielo, en órbita, se podía contemplar una enorme y triangular nave espacial, rodeada de otras algo más pequeñas, pero seguramente del tamaño de una urbe. Lo que estaba sucediendo era evidente en sus jóvenes mentes, tanto así que siquiera fue necesario decir una palabra.
Las tres cuadras y media que los separaban de la pequeña base militar las recorrieron corriendo, en lo que veían a sus vecinos hacer lo mismo. Una vez dentro, fueron conducidos por las máquinas que los servían hasta un ascensor, en que de a seis personas los hacían descender hasta el sitio seguro más cercano.
Llegaron justo a tiempo para el último descenso, o al menos, para el último que podría llegar abajo.
No tuvieron tiempo de enterarse de lo sucedido apenas salieron del ascensor antes de que el fuerte sonido de una explosión se escuchara a la distancia, y las luces del pasillo por el que se dirigían a las habitaciones reventaran, quedando ellos completamente a oscuras.